
RECONSTRUCCION
Dirección: Christoffer Boe.
País: Dinamarca.Año: 2003.
Duración: 91 min.
Interpretación: Nikolaj Lie Kaas (Alex), Maria Bonnevie (Simone/Aimee), Krister Henriksson (August Holm), Nicolas Bro (Leo), Ida Dwinger (Mónica), Helle Fagralid (Nan), Isabella Miehe-Renard (Periodista), Malene Schwartz (Fru Banum), Peter Steen (Mel David).
Guión: Christoffer Boe y Mogens Rukov.
Producción: Tine Grew Pfeiffer.
Música: Thomas Knak.
Fotografía: Manuel Alberto Claro.
Montaje: Peter Brandt y Mikkel E.G. Nielsen.
Diseño de producción: Martin de Thurah.
Vestuario: Gabi Humnicki.
CRITICA:
Hay un nuevo director, llamado Christoffer Boe, al que a partir de ahora habrá que seguir la pista. En su película “Reconstruction” hay ecos de genialidad, de entusiasmo, de gran lirismo. Oímos voces de Frank Capra en su tono fabulador, de Julio Medem en su desesperado romanticismo, de David Lynch en su capacidad de hacer palpable lo onírico, de Spike Jonze en su capacidad de sorpresa o incluso de Lars Von Trier en su capacidad de pasar del dolor sentido al dolor físico. Y sin embargo, Boe, bebiendo de tantas y tan ilustres fuentes, se revela único, genuino en su creación y hace del título de su película, la clave para entender el ensamblaje que le permite transmitir a la perfección ese concepto de magia fílmica con una personalidad que se desmarca de toda influencia.
“Es una película, es una reconstrucción, pero aún así, duele”. Esta frase recitada en off al inicio y al final de la cinta redondea, sintetiza los grandes méritos de esta creación fílmica, destapa y reserva el frasco de las esencias que nos embriagará durante hora y media. Y es que Boe explora en las posibilidades del Séptimo Arte, en su lenguaje y en sus licencias para acercarnos, precisamente, hasta el límite del contacto físico con su historia. Con su ínfima calidad de imagen, con su saturado colorido, crea una sobrecogedora atmósfera en la que, sin mostrarnos ninguna destacable innovación, deslumbra con su capacidad de desnudar los sentimientos, de mostrar su irracionalidad, y devuelve a frases tan escuchadas como un “te quiero” un extraño poder de penetración en la sensibilidad del espectador. Porque su retrato ultraterreno del amor arranca desde la incomprensión, desde el delirio, pero va conformándose, con detalles que todos reconocemos en nuestros adentros, como un sólido entramado de significados y metáforas que envuelve y transporta a un mundo de casualidades eternas, de sentimientos atemporales y de sueños compartidos.
“Reconstruction” nos habla de segundas y terceras oportunidades, pero siempre denostadas por el mismo error, por la misma torpeza humana. De pasiones encontradas, de identidades intercambiadas, pero todas al servicio de un destino, para nuestra tranquilidad o nuestro desasosiego. Porque la estructura narrativa de la película es tan redonda que tiene lecturas en varias direcciones, desde el optimismo al derrumbamiento emocional, y encuentra en esa mezcla paradójica su capacidad de fascinación. En la perfección abrumadora del rostro de Maria Bonnevie en contraste con los rasgos primitivos de Nikolaj Lie Kaas, surge el contraste entre la belleza de la vida, la fortuna o la condena, la esclavitud a la providencia. Sus interpretaciones se nutren de esa naturalidad pasmosa del Dogma del que provienen y perfilan un conjunto que prescinde casi por completo de llevar un ritmo convencional. Así, permite a su director, casi siempre con acierto, detener a su antojo la cinta a favor de la intensidad de las situaciones, de ese apartado inmóvil reservado para la idealización y el estado puro del sentimiento romántico. Y en ese toque magistral de despojar de identidad a su protagonista matiza la plasmación universal de la fantasía y la ensoñación en contacto directo con la realidad material.
“Es una película, es una reconstrucción, pero aún así, duele”. Esta frase recitada en off al inicio y al final de la cinta redondea, sintetiza los grandes méritos de esta creación fílmica, destapa y reserva el frasco de las esencias que nos embriagará durante hora y media. Y es que Boe explora en las posibilidades del Séptimo Arte, en su lenguaje y en sus licencias para acercarnos, precisamente, hasta el límite del contacto físico con su historia. Con su ínfima calidad de imagen, con su saturado colorido, crea una sobrecogedora atmósfera en la que, sin mostrarnos ninguna destacable innovación, deslumbra con su capacidad de desnudar los sentimientos, de mostrar su irracionalidad, y devuelve a frases tan escuchadas como un “te quiero” un extraño poder de penetración en la sensibilidad del espectador. Porque su retrato ultraterreno del amor arranca desde la incomprensión, desde el delirio, pero va conformándose, con detalles que todos reconocemos en nuestros adentros, como un sólido entramado de significados y metáforas que envuelve y transporta a un mundo de casualidades eternas, de sentimientos atemporales y de sueños compartidos.
“Reconstruction” nos habla de segundas y terceras oportunidades, pero siempre denostadas por el mismo error, por la misma torpeza humana. De pasiones encontradas, de identidades intercambiadas, pero todas al servicio de un destino, para nuestra tranquilidad o nuestro desasosiego. Porque la estructura narrativa de la película es tan redonda que tiene lecturas en varias direcciones, desde el optimismo al derrumbamiento emocional, y encuentra en esa mezcla paradójica su capacidad de fascinación. En la perfección abrumadora del rostro de Maria Bonnevie en contraste con los rasgos primitivos de Nikolaj Lie Kaas, surge el contraste entre la belleza de la vida, la fortuna o la condena, la esclavitud a la providencia. Sus interpretaciones se nutren de esa naturalidad pasmosa del Dogma del que provienen y perfilan un conjunto que prescinde casi por completo de llevar un ritmo convencional. Así, permite a su director, casi siempre con acierto, detener a su antojo la cinta a favor de la intensidad de las situaciones, de ese apartado inmóvil reservado para la idealización y el estado puro del sentimiento romántico. Y en ese toque magistral de despojar de identidad a su protagonista matiza la plasmación universal de la fantasía y la ensoñación en contacto directo con la realidad material.
DEL BLOG de Tito Manfred
RECONSTRUCCIÓN DE UN AMOR
El narrador omnisciente me lo advirtió al inicio, demonios, me dijo que aunque se trate de una película, de una reconstrucción, de una arbitraria interpretación, de un artificio, en fin, de una ficticia ficción ficcionada por quién sabe quién, aun así duele. Como he terminado por no temerle al dolor, como es ese mismo dolor la bendita prueba de que no estoy soñando, no vacilé en ver la película con la firme expectativa de que me doliera hasta el interior interno de los huesos óseos. Pero nadie me avisó de que, además de dolerme, Reconstrucción de un Amor me enfermaría gravemente.Metaclínicamente hablando, la enfermedad, conocida por el nombre de "inflamación morbosa del deseo amatorio ideal" (no contemplada aún en el plan AUGE), consiste en un desgarramiento del corazón metafórico, desgarramiento originado por la severa angustia que provoca en el espectador romántico-melancólico el deseo –la mayoría de las veces– yermo de amar y ser amado con violencia y sin premeditación (¿quién habrá sido el idiota que inventó aquello de que el amor es un proceso? No, huevón, el amor es un accidente y los accidentes ocurren en un segundo). Los síntomas más recurrentes en quienes padecemos esta singular enfermedad, son: constantes cuadros de ansiedad y desasosiego, crueles despertares en medio de la noche mezquina, cruda desolación al descubrirse durmiendo en la más rotunda soledad, anemia literaria, enmudecimiento de la razón, extravío de la mirada, etcétera.De más está decir que lo más recomendable es que no vean Reconstrucción de un Amor (título original: Reconstruction), ya que corren el serio peligro de que se les inflame morbosamente el deseo amatorio ideal. Hecha ya la advertencia, no me hago responsable si algún audaz romántico-melancólico, haciendo caso omiso a mi recomendación, ve la película en cuestión, enfermándose de gravedad.Sé que pedirle a la gente más cerebral que tiene el mal gusto de leerme, que entienda mi afección, sería exigir demasiado a su sagrada racionalidad, por tanto no lo haré. Después de todo, las extravagancias (y enfermarse por un filme es una extravagancia) no fueron inventadas para ser comprendidas, sino sólo para ser divulgadas en la sección de "noticias curiosas" de los periódicos. Así y todo, se me antoja que la idea de dejarlo todo por una perfecta desconocida a la que amas con desespero, y frases imperecederas dichas en la cama, tales como: "porque tú eres mi sueño y yo soy el tuyo", pueden enfermar a cualquiera, no sólo a románticos terminales como yo.
"No me hables de reconstruir, que yo sólo quiero construir".
Tito Manfred.
El narrador omnisciente me lo advirtió al inicio, demonios, me dijo que aunque se trate de una película, de una reconstrucción, de una arbitraria interpretación, de un artificio, en fin, de una ficticia ficción ficcionada por quién sabe quién, aun así duele. Como he terminado por no temerle al dolor, como es ese mismo dolor la bendita prueba de que no estoy soñando, no vacilé en ver la película con la firme expectativa de que me doliera hasta el interior interno de los huesos óseos. Pero nadie me avisó de que, además de dolerme, Reconstrucción de un Amor me enfermaría gravemente.Metaclínicamente hablando, la enfermedad, conocida por el nombre de "inflamación morbosa del deseo amatorio ideal" (no contemplada aún en el plan AUGE), consiste en un desgarramiento del corazón metafórico, desgarramiento originado por la severa angustia que provoca en el espectador romántico-melancólico el deseo –la mayoría de las veces– yermo de amar y ser amado con violencia y sin premeditación (¿quién habrá sido el idiota que inventó aquello de que el amor es un proceso? No, huevón, el amor es un accidente y los accidentes ocurren en un segundo). Los síntomas más recurrentes en quienes padecemos esta singular enfermedad, son: constantes cuadros de ansiedad y desasosiego, crueles despertares en medio de la noche mezquina, cruda desolación al descubrirse durmiendo en la más rotunda soledad, anemia literaria, enmudecimiento de la razón, extravío de la mirada, etcétera.De más está decir que lo más recomendable es que no vean Reconstrucción de un Amor (título original: Reconstruction), ya que corren el serio peligro de que se les inflame morbosamente el deseo amatorio ideal. Hecha ya la advertencia, no me hago responsable si algún audaz romántico-melancólico, haciendo caso omiso a mi recomendación, ve la película en cuestión, enfermándose de gravedad.Sé que pedirle a la gente más cerebral que tiene el mal gusto de leerme, que entienda mi afección, sería exigir demasiado a su sagrada racionalidad, por tanto no lo haré. Después de todo, las extravagancias (y enfermarse por un filme es una extravagancia) no fueron inventadas para ser comprendidas, sino sólo para ser divulgadas en la sección de "noticias curiosas" de los periódicos. Así y todo, se me antoja que la idea de dejarlo todo por una perfecta desconocida a la que amas con desespero, y frases imperecederas dichas en la cama, tales como: "porque tú eres mi sueño y yo soy el tuyo", pueden enfermar a cualquiera, no sólo a románticos terminales como yo.
"No me hables de reconstruir, que yo sólo quiero construir".
Tito Manfred.
1 comentario:
Es una sorpresa encontrarme con mi texto en este blog que no conocía. Como sea, es muy bacán ser citado, jeje. Qué bueno que les haya gustado lo que escribí sobre Reconstruction en aquella época que parece o es tan lejana.
Saludos,
Tito M.
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